En Río, por José y con calor

La previa. Finalizó el semestre y con él las clases de la Maestría que estoy cursando, dos cuestiones laborales muy importantes y el entrenamiento para el maratón. Ente estudio, mucho trabajo y las últimas corridas (las deportivas y las de la vida cotidiana), llegó el viernes fijado para el viaje a Brasil. A las 16:30 h estábamos en el aeropuerto, el día estaba húmedo y lluvioso. La niebla era espesa y el vuelo se canceló una y otra vez. A la noche nos enviaron al hotel Sheraton pues el avión saldría a la mañana siguiente. Ya estábamos cansados y hastiados pues las esperas en los aeropuertos marchitan. La noche en el Sheraton fue cinco estrellas, con una cena sencilla, rica y nutritiva. Descansamos plácidamente y el sábado nos levantamos bien temprano. El día amaneció un poco mejor y finalmente el avión salió aunque un poco más tarde de lo previsto.

Arribamos a Río de Janeiro a las 15 h y luego de hacer el check in (¡y almorzar pasta, obviamente!) fuimos a la Expo Maratona Caixa a buscar el kit. Respiramos aliviados cuando tuvimos en nuestras manos los números y chips. La expo del maratón de la ciudad de Río 2013 era pequeña, algo modesta pero muy bien atendida. En la mochila que nos entregaron había una remera, un gorro (ambos Olimpikus, de excelente calidad), una visera, una caramañola y un paquete de pasta. Nos encontramos con los amigos de Correcaminos y los chilenos con los que habíamos compartido la espera y el vuelo. Hubo fotos y la tensión de no llegar comenzó a aflojar mientras la tensión premaratón comenzaba a instalarse.

La carrera se vive desde la noche anterior. Cenamos temprano y preparamos el equipo para el día siguiente. El domingo el despertador sonó a las 4:00 y el ritual de una gran carrera comenzó con la ducha, el desayuno posterior (café, pan, dulce y fruta) y todos los aprontes. Nos sacamos las fotos del antes y salimos rumbo a Aterro do Flamengo para tomar el bus que nos llevaría a la salida. Al lugar —el punto de llegada del maratón— llegamos en 10 minutos y tomamos el bus inmediatamente. Viajamos durante casi una hora y cuando llegamos Recreio Dos Bandeirantes, la zona de la salida, ya estaba todo pronto. A las 06:30 h había ambiente de fiesta; casualmente nos encontramos con las chicas Correcaminos que estaban tan ansiosas como nosotros (Gaby y Mariana que estrenaban su condición de maratonistas, Majo, Marcela y Andrea). Hubo más fotos, algunas con rostros felices y otras con algo de susto pues minuto a minuto se acercaba el gran momento.

Paso a paso, metro a metro. A las 07:30 h se largó, un rato antes ya reinaba el sol sobre un cielo infinitamente azul. El primer kilómetro fue muy trabado pues la calle era angosta y cientos de corredores buscábamos ritmo y lugar; poco a poco pudimos después ajustar el paso. Hasta el kilómetro 11 fui con Majo y Marcela, después quedé sola aunque compartí algunos tramos con Andrea. Mientras recorríamos metros y metros de playa aumentaba la temperatura, ya en el primer puesto de hidratación (k 3) tenía la boca seca y desde el principio cumplí a rajatabla las indicaciones de nuestra entrenadora: no dejar pasar ningún puesto. En el k 17 (el muro del medio maratón) comencé a sentir el calor cada vez más recalcitrante, el sol pegaba duro desde arriba y la calle refractaba cado rayo para multiplicarlo y generar un ambiente muy cálido. A pesar del entorno caluroso pude mantener el ritmo. La cabeza comenzó a “jugarme mal” y llegó la primera subida, la del k 22, que terminó en un túnel sofocante. Me ahogué, no tenía aire y comenzaron las náuseas.  Salí del túnel como pude y me propuse no parar hasta el k 25. El celular me indicó que el último kilómetro lo había hecho en 10 minutos (¡una locura!) y me desmoralicé. Seguí igualmente, procurando avanzar paso a paso. Llegó otro puente —que por suerte estaba iluminado— que además no fue tan sofocante. El reloj volvió a marcarme un mal tiempo y en un destello de lucidez me di cuenta de que en esos lugares techados (también habíamos hecho un recorrido por un puente cerrado) había perdido la señal del gps. Supe entonces que el tiempo de carrera no estaba tan mal, pasé el k 25 y me propuse llegar a la nueva subida que nos esperaba en el k 28. Hacía mucho calor y en los puestos de agua levantaba dos vasos: uno para ingerir tan rápido como podía y otro para mojarme. Consumí además todos los Gatorade a pesar de que no me gustan y me caen mal. Tenía calor, náuseas y sentía que me pesaban las piernas. Así hice la eterna subida del k 28 sobre un morro verde, gigante y con el mar a la derecha.

La bajada fue un alivio y terminarla significó acariciar el k 30. Lloré al comenzar el tramo de playa peatonal de la playa Leblon que estaba repleto de gente que alentaba y aplaudía a los corredores. Me propuse avanzar de a 2 k y seguía tomando agua y Gatorade. Cada 45 minutos ingerí las gomitas (suplementos), primeros las clásicas y luego las de cafeína.

Me obligué a dar pasos largos, levantar las rodillas, pensar positivamente. En mi espalda llevaba el nombre del homenajeado: José. Corría con la convicción de llegar en su honor pues cómo le decía que había abandonado —por primera vez en mi vida no solo tuve ganas de parar, ¡tenía ganas de renunciar!; quería rápidamente terminar ese tormento. Cada vez hacía más calor (uno de los termómetros que vi marcaba 31º) y cada kilómetro era más difícil. En el 37 estaba nuestro hotel… se imaginan todo lo que pasó por mi cabeza y metros más adelante encontré a Osmar que caminaba trabajosamente luego de un gran calambre que lo obligó a parar durante 10 minutos. Un corredor solidario, como solo hay en ese tipo de actividades, lo asistió para que pudiera seguir.

Mi paso era lastimoso pero Osmar me instó a seguir; no sé cómo continué ya que cualquier motivo era válido para parar. En el k 38 me aplastó el muro y los últimos 4000 metros fueron interminables. José, mi orgullo, Osmar, la entrenadora, mis amigos y mi familia me dieron las fuerzas para seguir. Cada metro significaba más temperatura, más náuseas, mayor malestar. Llegué al k 40 y solo faltaban 2 más.

Y finalmente todo termina. En el k 41 lloré una vez más y volví a llorar ante los aplausos y gritos de cientos de personas que forman un túnel, esas voces y esas palmas empujan a los corredores, son la motivación necesaria para fabricar el último esfuerzo. Crucé la línea final luego de correr durante 4:31, paré y cuando cerré los ojos la tierra comenzó a girar… y “se me vino la noche”. Dos muchachos de la organización me asistieron, me acostaron en una camilla, pedí agua para tomar y para mojarme. Minutos después caminé hasta el final de la zona de llegada (varios e interminables metros) para buscar mi medalla. Me encontré con un enorme y colorido medallón que da cuenta de un esfuerzo inolvidable.

Busqué un lugar donde sentarme y esperé a Osmar que llegó 10 minutos después pues sacó fuerzas (como solo él las tiene) y alcanzó la línea de meta corriendo esforzadamente.

El compromiso con la causa, el compromiso con José. Correr en honor a personas afectadas por cáncer nos permite generar una sinergia energética particular. La fuerza forjada entre corredores, enfermos y familiares es profunda, esperanzadora y supongo debe ser similar a hacer deporte por otras causas. En cada carrera hay un lazo diferente y correr por otra persona significa DEJAR TODO; las medias tintas son incompatibles con esta forma de vivir y practicar deporte.

En cada carrera hay un nombre, una persona, una historia que merece nuestro esfuerzo y me alegra que Río haya sido así de dura, pues un luchador como José no merece otra cosa (http://wp.me/p2D7AZ-gp). Su apoyo en la previa fue fundamental para alcanzar un estado de fusión emocional a pesar de la distancia. José estuvo con nosotros en cada instante, cada kilómetro, en los miles de pasos dados.

La voluntad. En Río descubrí, una vez más, que mente y corazón casi todo lo pueden, que la voluntad reina, que la fortaleza emerge desde las ganas. Mientras corría pensaba cuánto me gusta entrenar para un maratón pues es un ejercicio que templa el espíritu y disciplina el cuerpo. Pero no me sentí a gusto corriéndolo en esas condiciones. Correr 42 k no es una tarea sencilla, ya lo sabemos, pero tampoco es necesario el padecimiento. Lo más memorable del maratón es la victoria sobre uno mismo y esa es la razón de la reincidencia. Por eso le daré una nueva posibilidad a la distancia, para no quedarme con ese recuerdo amargo.

Río Maratona Caixa 2013. La carrera desgrana playas, lugares bellísimos, barrios diversos. Es geográficamente hermosa y permite recorrer 42 k de una ciudad imponente que luce con orgullo sus morros verdes y se mira en un espejo de arena y agua sin igual. Encontramos una ciudad limpia y una carrera bien organizada. La llegada —en el parque Botafogo— es muy emotiva y el arco (el mejor momento) emerge recién en los últimos metros pues hay que dar una vuelta para alcanzar la magia de terminar el maratón.

Lo mejor: la hidratación. Lo peor: el estado de los baños químicos de la salida. Un imperdible: el recorrido. La organización: excelente. Para mejorar: música y animación durante la carrera. Para recordar: la gente en los últimos 500 metros, los gritos, los flashes y esa sensación única de “estar a minutos de lograrlo”. La llegada: memorable y preciosa.

Anuncios

2 pensamientos en “En Río, por José y con calor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s